Arasanz Garcia

Navegante

Un millar de sonrisas.

De Avilés bajamos a Valladolid.

Por Javier el 17 de mayo de 2018.

Saludos al empezar.Barquitos.Recogida de agua.

A las 8:35 aparece Javier, salimos del garaje y aparcamos enfrente del hotel. Javier entra en el edificio y vuelve cargado con la bolsa de viaje, la sujeta encima del asiento trasero y empieza a montar los cachivaches, el navegador, el porta roadbook, la cámara...

Es una mañana agradable, nubosa y fresca, tomamos rumbo al parque cerrado, donde hemos quedado con los amigos de Javier. Algunos de Marruecos y con Jorge, con el que ya hicimos el Punta a Punta del 2017. Llegamos al parque y Javier marcha a sellar el pasaporte, esperamos a reunirnos todos y salimos en una amigable caravana de motos. Ya tenia ganas de empezar.

Me sorprende en una rotonda los barquitos de papel enormes que la adornan, bueno serán de fibra o de metal pintado, pero parecen barquitos de papel de periódico. Vamos descendiendo hacia la playa. Paramos en un parquing y desde allí los "riders" bajan a la playa de El Espartal, en la que llenan las botellas que haremos llegar al mar de destino.

Después de esta breve parada, tomamos ruta de nuevo, ahora empezamos a entrar por carreteras y caminos locales, estrechos, tranquilos, inmutables tras nuestro paso. La primavera desborda los laterales de las carreteras, las plantas se asoman en los bordes y buscan el aire fresco que circula por los caminos vecinales. En una curva, se agrupan enromes macizos de ortigas, de hoja grande y de verde intenso. Parecen avisar de su urticante superficie al resto de caminantes y transeúntes del camino. Salen innumerables ramales y accesos, pero seguimos con buen ritmo, teniendo en cuenta las circunstancias de la vía.

- Blanquita, que hermosa mañana, fresca y lleva de vida verde y de flores. Empezaremos a subir en dirección a las moles de granito de los montes astures. Hay que estar pendientes de los cruces y desvíos.

Abandonamos la población de Grado y tomamos dirección a las montañas, que se divisan en el horizonte, altivas, impasibles. Deben vernos como hormigas ascendiendo hacia sus dominios, las alturas, desde las que ven el tiempo pasar y generación tras generación de hombres, siguen impertérritas dominando los cielos de las magnifica tierra que atravesamos.

En un recodo, las "flechas" no indican que hay algún "sarao" de la organización, estamos en la pedanía de La Plaza, perteneciente a Samartín, donde sellamos pasaporte y tomamos el pincho del almuerzo del día, que la organización nos tiene reservado.

Ponemos rumbo a la Pola de Somiedo, siempre ascendiendo, y entre monte de caducas y perennes nos deleitamos la vista con enormes valles y parece que la vida nos habla en los recodos, los prados y los bosques. Javier lleva una sonrisa colgada, como esculpida, perenne como los arboles que nos rodean. Estamos en ruta, eso es lo que importa, el destino llegara de la mano de los caminos que surcamos

En las alturas, hemos dejado atrás Somiedo, y ya estamos casi tan altos como los altivos cerros que dominan la cordillera, grandes praderas de hermosa hierva nos relajan, vamos pasando por relativas rectas que nos marcan el punto más alto de la ruta que estamos recorriendo, rozamos los 1500 metros. Javier se acerca al deposito y con voz expectante y serena me dice:

- Blanquita, estamos entrando en León, en la región de Babia. Cuentan que antaño, en la reconquista, muchos hombres se abandonaban a la meditación en estos montes. Todavía hoy en día, cuando alguien esta pensativo, se le dice "estas en Babia", aludiendo a aquellos tiempos de sobrecogimiento de los ermitaños que aquí habitaban.

Descanso y sellado.Pasamos de las abruptas y quebradas heridas de las montañas Astures, a las alomadas y suaves cimas de las Leonesas. El monte bajo, aparece y desaparece entre tierras de labor de verde cereal, mecido por la brisa del medio día. Los jergenes, el espliego, el romero y el tomillo bordean las manchas de monte, entre las que destacan los robles, pinos y majuelos. Descendemos hacia las alturas de la Castilla Vieja, pasando de León a Valladolid. Parece que en cada curva salimos de la amenazante negrura de una nube que nos persigue, pasando entre cortinas de lluvia, que se descuelga en el horizonte oscuro, sin tocarnos, como esquivando la carretera por donde vamos.

Una parada para tomar algo ligero, sellar el pasaporte y continuamos ya en tierras de Campos, cerca de Grajal de la Ribera, con los llanos por horizonte. Avanzamos a buen ritmo por las carreteras. Tomamos un camino para terminar en Villafrechós, lo marrón, breve, tampoco nos detenía y seguíamos hacia Medina de Rioseco, que partíamos en dos para continuar hacia el destino.

En Motolid, el último sello del día, ya estamos en Valladolid y en una lengua de motos, entramos en el parque cerrado del Paseo de Recoletos a las 19:07 horas. Hemos cubierto los más de 400 kilómetros del día en compañía de Jorge, un buen compañero, dice Javier.

Después del sellado del pasaporte, tomamos rumbo al hotel, mientras una fina lluvia hace su presentación. Ya en el hotel, el cielo se abre y desde su garganta se precipita un aguacero que nos acompañará hasta bien entrada la noche. Javier está en la habitación del hotel, después de haber estado en le briefing de la noche, al que me ha dicho había llegado tarde por el aguacero. Bueno, tal vez mañana sea diferente, ahora toca descansar y soñar con montañas, prados, siembras infinitas y flores azules, moradas, blancas y amarillas. Aparece un aroma de pétalos abiertos... ¿estaré soñando?