Arasanz Garcia

Navegante

Marruecos on the rocks.

De Boumalne, puerta del desierto a su ombligo, el BMW Camp Merzouga.

Por Javier el 11 de octubre de 2017.

Amanece en el desierto.

Clareando la mañana, viene Javier y coloca una bolsa dentro de la maleta, con la cámara en la mano, abandona el recinto y sale a la llanura desértica que nos rodea.

- He hecho unas fotos de este amanecer, Blanquita, la verdadera foto estará en nuestros cerebros toda la vida. Voy a desayunar, una mala costumbre de los hombres, y vuelvo para acometer el día de hoy.

Desierto de piedra y grava.Se aleja en el silencio del amanecer prometido por las primeras luces del alba y quedamos en silencio todas las primas y hermanas en el recinto, bañadas por la luz naranja del día que nos espera.

Comenzamos el día a lomos de largas y onduladas llanuras, salpicadas de rebaños. Los hilos de vida de color verde son escasos, cercanos a las aldeas... bueno, estas se han desarrollado al lado de aquellos. Piedras y llanos, la eterna compañía del silencio, solo perturbado por las miles de explosiones de mi musculoso corazón de metal, con bocanadas de aire cálido, limpio, seco. Nos llaman la atención la configuración de los riscos lejanos, vamos dirección este, paralelos al macizo de las enormes montañas del Atlas que surcamos ayer.

En las aldeas, olivos y paredes de caña para evitar el daño de los vientos del desierto, gentes atareadas con atillos de hiervas, para el ganado o los conejos o los pollos. Corren los gallos y gallinas movidos al son de nuestro paso, sin cabeza ni dirección. Hay faena entre los arboles, pocos terrenos fértiles, pero aprovechados.

Giramos rumbo sur-este, adentrándonos en unas colinas que observan el paso del tiempo en su desértico gesto. No hay vida a nuestro alrededor, alguna que otra acacia en algún valle, como despistada, protegida del tórrido clima por una pequeño hilo de agua que de cuando en cuando forman las escasas lluvias que riegan esta tierra. Vamos a buen ritmo y pasamos una serie de curvas, enlazadas, sinuosas y mudas. De pronto un vestigio verdoso de la vida que no se aprecia, corre atravesando la carretera bamboleándose con sus pequeñas y cortas patas, un pequeño lagarto del desierto, un verdadero superviviente.

Puerta del desierto.El sol esta empezando a mostrarnos su rigor, y Javier se detiene en el camino a beber agua y con mirada perdida otea entre las calles abiertas y desérticas de la aldea en la que estamos. Cuatro casas de adobe, calles de tierra y piedra y alguna que otra chumbera. Todo parece ser esquivo, las casas de esquinas romas son mudas observadoras de una belleza marchita, sin vida de lo que nos rodea.

Retomamos la ruta y tras unas lomas ocres, una enorme llanura, surcada de tiras se acacias, cercanas a éstas algún matorral, retamas y chumberas, el resto un enrome y silencioso cementerio y entre sus llanos una brisa queda y caliente. Pero de pronto Javier se detiene:

- Mira, Blanquita, dos gacelas negras, están una al lado de otra en dirección opuesta, como si espantaran con el rabo las moscas de la cara de su vecina. No voy a hacer una foto, están tan lejos que parecerían un punto, la verdad es que me ha costado verlas, si llego a ir más deprisa me las paso.

Sin bajarse de mis lomos, enrosca el acelerador mientras suelta suavemente el embrague y continuamos la marcha. No he podido ver las gacelas, Javier tiene mejor vista de lejos que yo, mi vista es excelente pero hasta medias distancias, a partir de aquí, nada más.

Otro lagarto, este mas grande y de un verde más intenso, se nos cruza en el camino corriendo cómicamente de lado a lado de la carretera.

Pistas en desierto.Dromedarios.Hacia la población.Entramos en una zona desértica, pero aparecen palmeras y otros arboles, empezamos a ver paredes de adobe de grandes bloque de arcilla y paja, según me dice Javier, serán barreras artificiales para evitar las correntias de lluvias copiosas y las ventiscas propias de las zonas desérticas, protegiendo en su interior lo más preciado de estos paramos... la vegetación. Es una bonita combinación de arcilla, palmeras y pequeños huertos, todo parece aprovecharse, no hay mas remedio, la zona es árida y su riqueza debe mantenerse a salvo de la intemperie.

Llegamos al cruce de Rissani, Javier gira a la derecha y llegamos a una enorme rotonda, pero parece cambiar de opinión y vuelve tras sus pasos, entramos en una gasolinera, es hora de mi brebaje preferido.

Después de que ambos repostemos, Javier agua, volvemos a seguir las indicaciones del roadbook y el navegador. Entramos en carreteras con cada vez menos asfalto para terminar en un camino, después de llevar un tramo en el mismo, nos cruzamos con otro de los amigos del grupo y tras una palabras con Javier, damos media vuelta, tenemos que llegar a la gasolinera, me dice Javier, han suspendido parte del trazado.

Esperamos en vano en la gasolinera y después de un rato largo, Juan Carlos le dice a Javier que es posible que la gasolinera sea la que esta en la carretera de Merzouga, así que tomamos dirección al punto que marcan los navegadores y en el camino nos cruzamos con Fernando que había salido en nuestra busca. Llegamos a la gasolinera que servia de punto de encuentro antes de la ultima etapa del día.

Un tramo de carretera y entramos en una pista de tierra compacta y grava aislada y suelta, negra como la noche. Avanzamos a ritmo lento, tan lento que algunos nos adelantan, llenando el camino de un polvo denso y que avanza llevado por la brisa muy lentamente, mientras vuelve a posarse en el duro suelo, para volver a su eterno sueño. Javier pierde la vista y caemos. Sin consecuencias ni para el ni para mi, Alberto intenta ayudarnos a levantarme, pero Javier le dice que no se preocupe, que estamos bien, toma un poco de aire y "arriba". Me hace descansar sobre la pata de cabra mientras observa si hay algún desperfecto.

Vuelve a subirse y seguimos la marcha, entre caminos que se cruzan, serpenteando a través de suaves colinas, avanzamos hacia unas casas, mudas, tristes y solitarias, las gentes marcharon y dejaron el vestigio de su estancia, llevándose el ruido y la risa de los niños, el bullir de los animales y de las personas, que al unisono habitaron esta colina. Atravesamos una especie de portal, y Javier toma hacia la derecha, Alberto se para en el cruce y nos observa, de pronto y como a lomos del viento, aparece una paisano con su pequeña moto, entre chapurreos de castellano, francés y árabe, nos indica el camino a seguir, era el que Alberto estaba marcando. Vamos con nuestro nuevo amigo en cabeza, atravesando las casas destruidas por la intemperie, hasta llegar a una pequeña hondonada, en la que vemos coches de la organización.

Una lengua de arena fina, surcada de rodadas, nos cierra el paso y los riders tenemos que pasar, a horcajadas algunos y los mas duchos con el apoyo en el eje trasero y dando gas de forma uniforme y moderada. Javier acomete la arena con decisión, noto su nerviosismo en las manos que agarran el manillar, me gustaría decirle que debe tener más confianza y dejarme hacer, pero mientras avanzamos empezamos un baile dramático de vaivenes frenéticos que dan con ambos en el suelo, noto como la maleta aprisiona el píe derecho de Javier, que está retorcido en desfigurada posición, anclado en la presa que la arena nos ha tendido. Intenta sacar de la prisión de la arena y la maleta el descolocado píe y mientras corren hacia nosotros los amigos de Javier, nos ayudan a ambos a levantarnos y compruebo como Javier se quita el casco y con un gesto de dolor toca su pierna. Miro su cara, mi electrónica esta desactivada y parado mi corazón, el tiempo esta detenido, no se que va a pasar,... son momentos de desolación, se que Javier es fuerte, tozudo y no dará su brazo a torcer, pero esta caída me preocupa más que la anterior de Ifrán.

Arenales.Blanquita y Borja.Hacia el campamento.Javier coge el agua y se quita los guantes y la chaqueta, se acerca a una retama, cojeando y dolorido, se sienta aprovechando la humilde sombra que aquella proyecta, en un sol que cae hacia el manto de estrellas de la noche. Bebe y comenta con Borja una palabras, se le ve derrotado, parece perdida la batalla...

Borja, con las llaves de Javier en las manos, pasa el trago de la arena y me deja solitaria al otro lado de la lengua de arena, de la prisión de mi corazón metálico. Intento averiguar que está pasando y no veo a Javier, estoy muy preocupada, intranquila.

Han pasado unos largos minutos cuando oigo la voz de Javier, no se si alegrarme o no, no puedo verle aún, pero de pronto, aparece cojeando, con cara preocupada y con Borja a su lado. Están hablando los dos, pero observo sorprendida como Javier se cala la chaqueta, los guantes y el casco y sube a mis lomos.

- He bebido la botella entera y se la he dejado a los del STAFF para que se la lleven en el coche para tirarla. Blanquita, vamos a terminar el tramo de hoy, tengo un dolor terrible, pero no tengo más remedio que seguir a tu lado, no voy a dejarte en manos de nadie si puedo evitarlo. Este Borja es un gran personaje. Es de BMW, un trabajador, pero la verdad que es entrañable, ha estado pendiente mía y nos acompaña hasta el fin de la etapa, todo un detalle. Es un gusto hacer tantos amigos en tan breve espacio de tiempo.

Cuando escuché estas palabras no pude mas que respirar profundamente, coger aire y arrancar al ritmo de mis dos cilindros, sonaban orgullosos por llevar a Javier, atronaban entre las enormes soledades del desierto, canturreando entre explosión y explosión, dando gracias a poder seguir adelante con mi dueño, entre sus piernas, sintiendo el calor de sus muslos y la suave caricia de sus manos en las empuñaduras de mi manillar. Me gustaría decirle que es un orgullo llevarle y cargar con su agradable peso, no hay reproches, nos hay malas palabras, ni malas miradas, todo lo acepta como viene, con sus temores y miedos me hace sentir diferente, única.

Lo más sorprendente de todo es que entre nosotras surcan pequeñas motos, suenan como mosquitos molestos en las noches calurosas del verano, pero con una eficacia casi enervante, surcan las dunas, mientras nosotras con nuestros enormes cuerpos, nos movemos con torpeza por estos parajes. Es casi vergonzoso como nos adelantas entre la arena y como se mueven en las dunas, también es verdad que los conductores están todos los días por estos lugares y saben leer las dunas que parecen trampas para nosotras, en fin, me reconforta más aún las palabras de Javier, después de que los mosquitos nos hayan inyectado el veneno de la envidia, sana, pero envidia al fin y al cabo.

Llevados en volandas siguiendo la ruedas de la prima que llevaba Borja, divisamos la carpa de llegada del campamento, tiendas de campaña nos esperan en esta noche que aún esta por llegar. Volvemos a encontrar una pequeña lengua de arena y Javier, siguiendo las indicaciones de los responsables del STAFF, sortea parte de la lengua, caminando despacio por la arena, extenuado, se detiene en la parte mas densa y Borja termina de pasar los pocos metros que Javier ha desistido de hacer, muy a su pesar.

Descanso al pié de las dunas.Mas tranquila, observo las gran masa de arena que forman el conjunto de dunas. Una enorme duna se bate con los vientos, manteniéndose erguida de forma orgullosa, como si hubiera llegado a dominarlos, en su falda, menudas y medianas dunas, van cortando los vientos, permitiendo que aquella se mantenga en pié, enhiesta, insolente estado de la tierra ante el viento del desierto.

Veo partir a Javier hacia las tiendas, no sin antes volver a mirarme de arriba a abajo, comprobando el estado de los frenos, manetas, espejos... el ritual de final de cada día.

Al rato, de forma queda y lastimera, Javier se acerca, vestido con ropa cómoda, según dice él, y me dice que van a hacer una excursión en dromedario. Tiene un esguince en su tobillo derecho, que no se que es, pero no suena bien, aunque Daniel y Laura le han atendido y han realizado un vendaje maravilloso, como el bálsamo de "fierabras" que tomara Don Quijote, cojeando se acerca al grupo de dromedarios tendidos en la arena. No será la ultima vez que le vea hoy, después de su paseo, vuelve con andares torpes para decirme:

- Blanquita, esta noche no duermas y mantente mirando el estrellado cielo del desierto, yo no voy a a tener mas remedio que descansar lo máximo posible, para ver si mañana podemos hacer la salida desde aquí al hotel.

Así lo hice y el manto de la noche parecía salpicado de pequeñas candelas que titilaban en la distancia del oscuro cielo que nos cubría.

Noche en el desierto.